«La acción no puede destruir la ignorancia porque la primera no está en conflicto con la segunda. Tan solo la comprensión que otorga el conocimiento es capaz de destruir la ignorancia, como tan solo la luz es capaz de diluir la densa oscuridad».
Cuando Sankara alude a la palabra ignorancia, agnana, intenta mostrar no una falta de conocimiento sino un conocimiento real pero erróneo. Por ejemplo, al observar en la noche brillante una concha en la playa, es posible suponer erróneamente que hay una moneda de plata. Agnana implica tomar como real algo inexistente. Otro ejemplo posible sería el advertir cualquier persona de un sueño. Aunque realmente no existe en verdad, parece real mientras dormimos. No se conoce nada en sueños que advierta el error, por lo que asumimos la percepción como válida. Ver lo ilusorio como real es agnana, ignorancia.
La vida nos impele continuamente a la acción. El hecho de estar vivos comporta la responsabilidad de interactuar con el entorno a través de nuestras características personales. Es en esa interrelación de situaciones personales y del entorno donde se requiere mantener un proceso que metafóricamente Sankara ha denominado «cocción», es decir, se requiere atender a los eventos que se van presentando haciéndolo desde una atención libre de inquietudes y deseos. El secreto del asunto estriba en que el cuerpo y la mente respondan exclusivamente a los eventos que hacen parte del presente, del aquí y del ahora. Cuando la percepción y su respuesta son exclusivos al presente, y dicha reacción es continua, es decir, permanece en «cocción suficiente», se establecerá una comprensión que culminará en los estados superiores de conciencia: Concentración, Meditación y Samadhi. Dicha experiencia superior de comprensión presupone la destrucción de la ignorancia, agnana.
Occidente ha tratado de abordar a lo largo de los tiempos el problema del acercamiento a la Verdad, a lo Real, mediante la categorización de la acción en el plano moral. Así, se han configurado a lo largo de las épocas diferentes pautas éticas que, dividiendo las acciones o comprensiones en «buenas» y «malas», pretendían constituirse en modelos estables de referenciación en la búsqueda interior. Independientemente de su valor relativo como factor de cohesión social, el tiempo ha demostrado sobradamente la futilidad de tales intentos como posible vía de acceso a las realidades superiores.
Desde el vedanta se estipula que son el Conocimiento y el Amor las vías por excelencia idóneas para recorrer el camino a la libertad. Por ello afirmamos que la actividad moral por sí misma no puede ser agente que induzca la libertad personal. Entonces, no es la acción como tal lo que vale, sino la comprensión asociada a ella, pues sin dicha comprensión la acción y la ignorancia pueden coexistir indefinidamente, por muy «virtuosos» que sean nuestros actos. Más allá de cualquier ética relativa está la comprensión que deviene en forma de libertad.
La acción no ha de ser el baremo a través del cual se dé solución al problema del encuentro con lo Real. Asociarse a las virtudes no permite encontrar una condición que sea consistente para la búsqueda interior. Lo que vale de las cosas es la comprensión que de ellas tenemos.
Establecida, pues, la importancia de la continuidad en la comprensión presencial, se entiende la insistencia en instaurar la atención como sadhana principal, y cómo dicha atención habrá de realizarse sin esfuerzo, esto es, sin un sentido volitivo asociado. Se plantea permanecer atentos sin esfuerzo al mundo que aparece, a la realidad presencial que acontece; siendo así que el único mundo que aparece sin esfuerzo es el que surge del aquí y del ahora, por ello afirmamos que todo nuestro sadhana implica estar continuamente atentos al presente.