AtmaBhoda: Sloka 4

«Es solo a causa de la ignorancia producida por una errónea comprensión que el Ser no-dual aparece como finito y delimitado a ‘nombre y forma’. Cuando la ignorancia es destruida, el Ser no-dual, que no admite ninguna multiplicidad, revela al Sí Mismo cuya verdadera naturaleza es nodual, tal como el sol se revela cuando las nubes se apartan».

La sloka aborda el problema de las comprensiones fugaces, aquellas cuyo saber no perdura, por ejemplo, creer que somos el cuerpo o simplemente que un objeto es el nombre y la forma que lo define.

Nuestras creencias particulares esconden un saber que no perdura. Su momentaneidad hace que dicha comprensión no pueda mantenerse en un marco espacio-temporal. Por ello Sankara afirma que ese saber momentáneo impide ver nuestra naturaleza Real no-dual ocultándola. Así, nombre y forma son sinónimos de sobreimposición, de dualidad y de ignorancia.

Todo lo que conocemos podemos reducirlo a un nombre y una forma; sin embargo, nombre y forma representan el objeto pero no su realidad. Pasado el tiempo o situado el objeto representado en otro espacio, cambian su nombre y su forma. Vivimos en un mar de nombres y formas que, acompasadas bajo un son desconocido, cambian y se transforman. Nuestra mente capta el mar de nombres y formas e incesantemente se mueve al compás que impera ante el cambio. Por ello es imposible advertir la Realidad bajo la óptica cambiante de la mente. Asumir que nuestra representación mental de las cosas, es decir, su nombre y forma constituyen una representación válida atribuyéndoles una condición como «lo Real» es lo que Sankara denomina «ignorancia».

Para el vedanta, la ignorancia primera nace de la identificación con el sentido de individualidad, con el yo. Cuando la mente reconoce el propio sentido egoico y lo asume como válido, entonces nace la identificación y con ella la validez de la individualidad. Lo que nos define mentalmente como personas cambia con el tiempo. Somos dependiendo del momento y el lugar. En función de las experiencias vividas nos vamos transformando para bien o para mal. Lo que creemos que somos es tan solo una opinión basada en nuestras comprensiones momentáneas. Nada de ello puede ser Real, pues se basa en conjeturas y opiniones del yo, del ahamkara. Imaginemos una gran olla en la que vertimos leche procesada. A primera vista es completamente homogénea; aprovechamos entonces y exprimimos un par de limones y revolvemos la mezcla un poco. Momentos después veremos cómo aparecen claramente diferenciadas dos sustancias completamente diferentes que previamente eran una misma: cuajo y nata. De manera similar, la aparición del yo introduce diferenciación en la cognición. La diferenciación en la cognición suele denominarse genéricamente nombre y forma. Así la mente, inducida por su condición diferenciadora, el yo, relaciona continuamente nombres y formas mediante su capacidad dialéctica innata. Esa fuerza de raciocinio que impera en la mente lleva a distinguir sus diferentes cualidades, memoria, lógica, inteligencia y demás.

Intentaremos profundizar en el problema de la ocultación de la verdadera naturaleza no-dual del Ser desde una perspectiva novedosa, esgrimiendo el concepto de «simetría». Para ello, estimamos necesaria una pequeña introducción.

La segunda ley de la termodinámica establece que en todo campo cerrado la energía se conserva, es constante. Adicionalmente presuponemos, tal como los físicos lo afirman, que existen cuatro fuerzas fundamentales que operan en el universo, a las que se ha denominado: 1) fuerza gravitatoria, 2) fuerza electromagnética, 3) fuerza fuerte y 4) fuerza débil. Los científicos intentan establecer la relación entre estas cuatro fuerzas mediante una suma de ellas denominada «superfuerza».

En lo que coinciden los científicos es en atribuir a estas fuerzas una función de compensación o equilibrio para que un sistema cerrado, en consonancia con la segunda ley de la termodinámica, permanezca invariable. Así pues, dichas fuerzas no serían en el fondo más que mecanismos que la propia naturaleza tiene instaurados para preservar su propia conservación. Estas fuerzas necesariamente han de tener un denominador común, un sentido de identidad de la naturaleza que está imbuida en un aparente y constante cambio. Al sentido de identidad en la aparente diferenciación se le ha denominado «simetría».

Si presuponemos que la Tierra misma como planeta se advierte como un campo cerrado, tal como lo puede plantear la termodinámica, tendremos que afirmar que su energía total siempre se conserva. Los variados ciclos estacionales de la climatología son las respuestas de la naturaleza ante las variables que se presentan como temperatura, velocidad de la tierra, luminosidad, gravitación lunar, etcétera. Los ciclos estacionales y las variables que los gestan son entre ellos diferentes y, sin embargo, la suma de todo acontecer siempre permite mantener el equilibrio termodinámico de todo el sistema, es decir, de la Tierra. Las fuerzas de la naturaleza son en esencia expresiones de las cuatro fuerzas fundamentales, razón por la cual podemos suponer que dichas fuerzas promueven un carácter compensatorio para que los sistemas cerrados se conserven ante el cambio constante que opera. Simetría es el sentido de unidad que existe en el aparente cambio. Así, las fuerzas cambian incesantemente compensándose las unas a las otras, pero el sistema en donde ellas actúan siempre está en equilibrio. Ese es el encanto de la simetría: permitir el cambio sin jamás perder el equilibrio.

La simetría puede también expresarse en la actividad psicológica del ser humano. La mente produce innumerables simetrías que, en el fondo, son estados de compensación en su movimiento constante con el fin de mantener el equilibrio del sistema mental. Desde esta perspectiva, los diversos patrones psico-afectivos que presenta el individuo no serían más que las simetrías que una única identidad base establece en el manejo de su comportamiento. Esta simetría se expresa mediante la diversificación de conductas psíquicas que ofrecen una riqueza de atributos a la personalidad. Así, la base psicológica de todo ser humano se sostiene en el anhelo de existir como un yo. Son las diversas simetrías que emergen de los diversos aspectos de un impulso primitivo y básico las que llevan a una individualidad a permanecer como una unidad psico-cognitiva. Las diversas simetrías son la diversificada expresión de los hábitos mentales y de su aparición como respuesta a cualquier actividad cotidiana. De allí es fácil entonces convertir el amor en odio y viceversa o el cansancio en fuerza o la esperanza en decepción, incluso el placer en dolor.

Gracias a la elegancia del concepto de simetría podemos desechar los juicios de valor sustentados en apreciaciones antagónicas y diferentes como «buenas» y «malas», y generar así un profundo y eficaz entendimiento de los procesos mentales que adornan el comportamiento humano.

La simetría, como herramienta teórica, nos permite afirmar que la ignorancia, agnana, irrumpe con la aparición del acto volitivo en la cognición. Esta volición imprime un sesgo de diferenciación en la naturaleza no-dual de la Realidad, creando una aparente delimitación de innumerables simetrías que la mente advierte mediante la diversidad de nombres y formas. Son los nombres y formas quienes se relacionan mediante el razonamiento y crean la distinción entre los diferentes contenidos mentales, incluso entre perceptor y percibido. Sin embargo, y debido a la irrupción de las simetrías duales en un sistema eminentemente no-dual, se requiere una compensación en la propia cognición del sistema cerrado, haciéndose necesaria la aparición de karma y maya como elementos equilibradores de la ecuación que produce la dualidad. Debido a la novedad de las presentes ideas, le solicito al lector paciencia. En los párrafos siguientes se explicará detalladamente el desarrollo de planteamientos que aclaran las afirmaciones previas.

El vedanta acuñó los términos de karma y maya como fuerzas que imperan en la naturaleza psíquica, tal como la ciencia acuñó los términos «fuerza fuerte» y «fuerza débil» que subyacen en el átomo. Karma tiene que ver con la fuerza de causalidad, con el continuo dinamismo que induce el impulso del nacimiento del yo. El objeto esencial del karma es, mediante el intercambio y la acción, inducir el sentido de permanencia del cambio mismo y, por lo tanto, del sentido del yo. Maya se refiere, en cambio, a la fuerza que en la mente permite advertir lo inexistente como real y lo Real como inexistente.

De igual manera, el vedanta acuñó los términos nama y rupa, «nombre y forma», como expresiones genéricas de la presencia del yo. Cada vez que el yo hace parte de un proceso mental, los nombres y las formas se convierten en las expresiones fehacientes de la actividad dual en la cognición.

Nombre y forma, como aspectos predominantes en la dualidad, son actividades relacionadas que espontáneamente surgen de la mente en el mismo instante en que el universo es pensado por un yo; igualmente, karma y maya, como «causalidad» e «ignorancia», son fuerzas de compensación que equilibran el sistema dual para que este subsista con atributos de individualidad. Ambos, karma y maya son mecanismos compensatorios de todo sistema dual que conoce a través de un proceso que evidencia el sentido volitivo en la cognición.

Por eso, retirando el sesgo volitivo de la percepción, el ahamkara, desaparecen nombre y forma como atributos diferenciadores. Es de notar que cuando la no-dualidad se hace presente, la identidad de los objetos se mantiene, pero no las fronteras mentales de nombre y forma que los diferencian. Igualmente, ante la desaparición del yo, karma y maya se repliegan como fuerzas de compensación del sistema dual y de todas las infinitas simetrías que estas allegan a la percepción permitiendo así, a decir de Sankara, que el sol se experimente sin las nubes que lo cubren. La no-dualidad es una «multisimetría», en ella se conjuga lo simultáneo en lo infinito; allí karma, maya, ego y demás realidades son informaciones que fluyen sin diferenciación alguna de quien las experimenta.

Es decir, ninguna dualidad, ninguna simetría afecta para nada, en esencia, a la naturaleza no-dual de la Realidad, tal como la peligrosa serpiente que temerosos creemos detectar en la oscuridad a la vera del camino no afecta a la soga, que es su sustrato real. Dualidad y no-dualidad son mundos que coexisten pero jamás se intersectan.

Lo que detectamos mentalmente bajo atributos duales son las diversas e infinitas posibles simetrías que engloban a nuestras experiencias personales bajo unos cánones kármicos determinados. Coexisten innumerables realidades duales, innumerables simetrías, sustentadas todas por la misma identidad no-dual, por lo cual se hace evidente la futilidad de todo planteamiento evolucionista que permita un supuesto «primer origen» de lo existente y, en el mejor de los casos, tanto físicos como filósofos se enfrentan a las singularidades y paradojas que la lógica encuentra ante la búsqueda de lo metafísico.

A partir de aquí, y dado que la información base del universo es siempre idéntica y no-diferenciada, está siempre presente en los sistemas duales. Las diversas simetrías que la mente detecta tienen como base la no-dualidad. La creación y la evolución son el resultado de las fuerzas compensatorias de karmas que crean una realidad denominada maya, ilusoria. Esto conlleva la aparición de diferentes estados de conciencia en función de las diferentes simetrías que estén operando según el tipo de agente o yo que prepondere en el instante de la cognición. Es decir, no hay diferentes mundos, solo diferentes simetrías que generan diversos modos de percepción. Siguiendo al adagio clásico: «Hay otros mundos, pero están en este», y desde ahí incluso puede entenderse a maya como aquella manifestación de ignorancia que nos induce a considerar como válido y real el mundo que emerge bajo una determinada simetría cognitiva.

El concepto de simetría es una herramienta profundamente interesante que nos permite encarar desde una nueva perspectiva los complejos aspectos metafísicos y nos ofrece un acercamiento fresco a grandes conceptos que hacen parte de la enseñanza del vedanta como son maya, karma, ignorancia, sobreimposición…, así como la conjugación de aspectos aparentemente contradictorios sobre la realidad de las cosas.