«El mundo del samsara, lleno de apegos, aversiones y dualidad es como un sueño: aparece como real tanto tiempo como nos mantengamos dormidos, pero deviene como irreal al despertar».
El término karma sugiere la presencia de futuro en la acción que se realiza en un instante cualquiera. Generalmente el ser humano se proyecta al futuro buscando el fruto de la acción que a cotidiano realiza. Una acción realizada genera karma, es decir, crea relación con la consecuencia, cuando dicha acción física o mental se realiza con apetencia por el fruto y con sentido egoístico. Cuando hablamos de sentido egoístico nos referimos a su acepción cognitiva y no ética, es decir, con la presunción de que exista sentido de yoidad al realizar la acción.
Lo que el karma traslada de la acción a su consecuencia es la trama egoica. El hecho de realizar una acción y proyectar una meta nos proyecta en la meta misma. Así como el yo deja una huella histórica de sí mismo en el pasado, igualmente el karma genera una huella del yo hacia el futuro. La consecuencia más interesante del karma es la continua permanencia del sentido del yo. Así, el yo del pasado se eslabona con el del futuro creando el encadenamiento de la individualidad. Nos vemos como individuos continuos porque mentalmente somos el resultado de nuestros propios anhelos. La consecuencia del karma es la creencia mental de que el yo es una continuidad.
Cuando el cuerpo muere y se descompone en sus elementos esenciales, la idea de yo permanece en la mente, fracción que no se descompone debido a su naturaleza sutil. La muerte se parece al sueño, razón por la cual en la mitología griega se asignaba un parentesco de hermanos a Hipnos y Thanatos, sueño y muerte, respectivamente. Las tendencias inacabadas existentes en la mente obligan a que la entidad sutil mental sea impelida a tomar nuevamente un cuerpo físico, con el fin de experimentar las consecuencias de los anhelos suscitados previamente en vidas pasadas.
Al final ocurre algo paradójico; el karma induce a las fuerzas de la naturaleza a operar construyendo un vehículo físico adecuado a los anhelos previos, pero mientras ellos se colman, a su vez más se generan. Así la vivencia de los karmas induce la aparición de nuevos, algo que se convierte en un círculo vicioso. Finalmente el yo aparece naciendo y muriendo vez tras vez impulsado por las tendencias, los anhelos y los deseos inconclusos de vida tras vida. A dicho movimiento cíclico ininterrumpido de nacimiento y muerte suele llamársele samsara, y se representa como una rueda que gira sin pausa a través del tiempo.
En slokas previas se planteó que la mente funciona produciendo innumerables simetrías con base a las múltiples informaciones que constituyen cada evento conocido. La mente esta supeditada a percibir nombres y formas, compararlos y emitir juicios de valor cuando hay coincidencias con algunos previos en la memoria. Sin embargo, cabe cuestionar: si las probabilidades de que la mente asuma una forma o un nombre específico son infinitas, ¿por qué experimentamos los humanos la percepción de eventos parecidos? Si la realidad es un incesante e ilimitado océano de probabilidades mentales, ¿cómo percibimos cosas tan similares en condiciones que pueden ser tan diversas?
La respuesta viene dada por el hecho de que la percepción del ser humano está condicionada por su karma individual y por el karma colectivo. La «colectivización» del karma hace que solo sean permitidas simetrías asociadas a experiencias similares; por eso todos vemos el mundo bajo determinados parámetros comunes.
El karma individual da estructura y forma al cuerpo físico, a la calidad y condiciones de los sentidos y órganos en funcionamiento, a la mente y a la forma específica de reacción emocional y mental. El karma colectivo otorga reacciones grupales que determinan la estructura física y mental, junto con todos aquellos comportamientos y situaciones colectivas a nivel de familia, raza, ciudad, país, etcétera.
El prarabdha karma, o conjunto de acciones-consecuencia que se desarrollarán a lo largo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, puede presentarse como individual o colectivo, tal como se explicó en el párrafo anterior. El karma prarabdha establece cierto grado de denominadores comunes en nuestros sistemas físicos enraizados en la presencia de la genética o en las conductas colectivas mediante costumbres grupales. Estamos programados para responder bajo simetrías de conducta que son similares y por eso vemos el mundo de forma parecida, pues los parámetros bajo los que se configuran nuestro cuerpo físico, energético y mental son altamente similares en función del karma prarabdha establecido antes del momento de nacer.
Nuestras respuestas físicas y mentales a las acciones cotidianas que realizamos están siempre sujetas a los condicionamientos genéticos y culturales que asumimos como válidos en función de nuestras propias tendencias innatas. Vemos el dolor de una manera y encaramos la felicidad de otra también personal. No somos libres de reaccionar: nuestras tendencias, nuestros samskaras nos obligan a interpretar el mundo de una manera peculiar. Por ello el samsara, como rueda de muertes y renacimientos, es el colofón de la dualidad: un universo siempre en cambio, en evolución, que tiende a un perfeccionamiento aún desconocido, en el que tan solo es posible moverse entre los opuestos de placer y dolor.
Estar inmerso en el continuo cambio sin poder encontrar una solución a dicha impermanencia es como dormir sin notar que dicho universo onírico solo existe en la mente del soñante. Mientras el sueño de la dualidad perdura gracias a la ignorancia del individuo, el universo se ve como real gracias a maya, tal como los eventos del sueño parecen reales para quien duerme. Sin embargo, basta una correcta cognición para develar el misterio de la ilusión y del sueño; basta despertar a vigilia o, como símil, experimentar la no-dualidad para notar que el universo no son fracciones sino un continuo infinito de realidad
simultánea y ubicua.